The crown

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Netflix ha estrenado hace unas semanas The Crown. Hasta la fecha pasa por ser su producción más costosa para ofrecer una serie deliciosa. Peter Morgan es el creador del retrato de los primeros años de reinado de la reina Isabel II. Morgan parece haberse convertido en el filmógrafo oficial de la reina tras estrenar años atrás The Queen, esa vez con escusa argumental de la muerte de la princesa de Gales.

Si entonces la relación era entre una reina sexagenaria y su primer ministro Tony Blair, en la serie se centra en la que mantuvieron la veinteañera reina y Churchill. Él como mentor y ella como alumna, hasta que se tornen los papeles. Quizá la fuerza de la serie gire en torno al fuerte peso de la institución sobre la vida de sus allegados. La abdicación de Eduardo dejando la corona en su hermano Jorge IV o la renuncia al apellido de Felipe en favor de la casa Windsor son solo algunos ejemplos que muestran cómo la Corona fue arrollando a su paso la vida de los individuos.

Pero la Corona no solo tiene efectos “colaterales” sino que marca la vida de Isabel que desde niña fue educada exclusivamente en saber cuál su papel como reina en su día a día: no es Isabel como madre, hija, esposa o hermana la que existe. Solo existe Isabel como reina. Este destino divino marca todas sus relaciones. La Corona es una apisonadora de terciopelo. A la serie le bastan unos cuantos símbolos para explicarlo: el pájaro encerrado que es Felipe, la caja roja de la reina o la niebla de uno de los capítulos. O la propia coronación, prueba fehaciente del carácter sobrehumano de la Corona.

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Peter Morgan entrega una serie compacta con personajes con capítulos de un ritmo asombroso. Algunos como el cuarto (la niebla), el quinto (la coronación) o el noveno (un retrato para Churchill) se pueden ver casi de manera aislada y son caza mayor. Churchill es uno de los mejores personajes, encarnado por John Lithgow, robándole el protagonismo a la reina Claire Foy en más de un capítulo. Peter Morgan rubrica un Churchill que parece entender perfectamente la función de la Corona. Un hecho fatídico pues es a la vez símbolo de héroe nacional y cáncer institucional. Del otro lado está Eduardo, felizmente casado con su esposa estadounidense. Él aporta una visión pagana de la Corona sin olvidar nunca que gracias a ella se mantiene y que el esplendor divino de la institución es su razón de ser.

Habrá más temporadas como han confirmado.

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