Nos adentramos en el terror de un campo de concentración

Son muchas las películas que se adentran en el mundo de los campos de concentración. Puede considerarse un subgénero temático propio pero con multitud de propuestas. De La lista de Schindler a La vida es bella. O de El niño con el pijama de rayas a Noche y niebla.

Ciertamente, nunca se había visto algo parecido a El hijo de Saul. Las propuestas morales y estéticas que supone son impresionates. El hijo de Saul es el primer largometraje del hungaro László Nemes. Durante las casi dos horas seguimos sin perder de vista a Saul que busca a un rabino para enterrar a su hijo. Saul es uno de los capos que se encarga de introducir a los prisioneros en las cámaras de gas.

saul fia, foto 3

Las películas de campos de concentración suelen hacer un juicio moral bastante claro sobre la maldad de los nazis y la pena de los presos. Sin embargo, la filósofa que hablaba sobre la banalidad del mal se habría sentido bastante decepcionada. Nemes propone una apuesta más justa e igualmente sugerente. A través de Saul nos adentramos sonoramente en 24 horas de terror. Le seguimos a la altura de sus hombros y nos acostumbramos a no ver más allá de su nariz como queriéndonos hacer ver que quien no ha vivido ese horror no es digno de mirar. La morbosidad que habría supuesto hacernos partícipes de lo que ocurría desaparece al orientarnos la mirada, sin poder curiosear pero sin cortar sin motivo gracias a los largos planos secuencias.

hijo-de-saul-2

A lo largo de la película el cuadro de visión se agranda tanto en tamaño como en nitidez de la imagen. Una decisión que ayuda a aclimatarnos emocionalmente.

Sustentados en esta apuesta estética, podemos hablar de la historia. Saul encuentra entre los supervivientes de una cámara de gas a un niño que le reconoce como su hijo. Una vez muerto se obsesiona en la búsqueda de un rabino para enterrarlo según los preceptos de la ley judía. En la vorágine de movimientos y de tareas que ejercen como capos, nos adentramos sin poder respirar ni perder cuidado. ¿Pero hasta qué punto y a qué costa se puede poner en peligro la vida de los vivos por salvar la de un muerto? La respuesta no está tan clara, más sabiendo que no conocemos a los personajes y no abandonamos a nuestro protagonista.

 

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