La trilogía del cuerpo

Hace unos días vi Under the skin. Antes que hacer una sinopsis prefiero insertar solamente el trailer.

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La vi por razones más allá de la curiosidad de todos esos que tuvieron un shock por ver a Scarlett Johansson en un desnudo integral sin manipulaciones. Lo que hace suponer que una película de estas características es un estudio de la curiosidad por el cuerpo humano. Si un retrato es una curiosidad por el cuerpo humano y el alma que esconde, algo parecido hace Jonathan Glazer con su película. El personaje de Johanson es inhumano, frío, tembloroso, inescrutable. Y sin embargo, encandila. En gran medida lo logra gracias al trabajo de cámara de su director. Casi toda la historia trascurre en la furgoneta en la que deambula ella en busca de hombres que caigan en sus garras. Contó para grabar estos momentos con decenas de cámaras que cubrieran todos los recovecos.

De esos planos cortos reflejo del mundo interior de su protagonista que parece ser tan alejado de la realidad (no faltan las secuencias oníricas) se salta a grandes planos generales, también fríos como Escocia en la que se ambienta, pero sí más reales que dan cabida a la esperanza al mundo negro en que se encontraba ella.

En esa línea de observación del cuerpo está La vie d’Adéle. La película basada en el cómic escrito y dibujado por una mujer y dirigida por el fetichista Abdellatif Kechiche no desvia la cámara de la cara de Adele Exarchopoulos. Las aventura de Adéle que descubre su sexualidad en otra mujer distan mucho del tono que hay en Under the skin. Aquí todo huele a perfume por su fotografía y por eso se hace empalagosa. Lo que hizo Kechiche con sus personajes es mucho más artificial que el mundo que imagina Glazer en Under the skin. Puede que yo sea más propenso a un tipo de cine que tiene un tono más distante con lo que trata, pero creo que también influye que en La vie d’Adéle la sexualidad y por ende el retrato del alma que se hace se trata de una manera manipuladora y asfixiante.

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El gran grito que lanzó Lars von Trier con Nynphomaniac (parte 1 y parte 2 y su versión extendida de no se cuantas horas) tenía más que ver con una campaña publicitaria que con la calidad de la película. Von Trier es un obseso reconocido y su perturbación mental ha supuesto magníficas obras como Bailar en la oscuridad pero bochornos como Nynphomaniac. Su excesivo metraje le pasa factura para poder disfrutar de su arte, que lo tiene en muchos momentos. No me desagrada por su protagonista extremo porque sin mostrar personajes extremos no habría película, sino que hubiera sido mejor convertirla en una serie. La división en capítulos da por sentado que debería haberlo hecho. Supongo que en Cannes no seleccionan series para su festival. Al margen de todo esto, Von Trier junto a otros directores como Woody Allen siente una debilidad por personajes femeninos. ¿Puede significar esto que para conocer la sexualidad y lo que significa profundamente qué es amar la búsqueda desde el otro sexo sale más rentable? ¿O más bien le da un toque más perspicaz? Al fin y al cabo en estas tres películas la pregunta queda abierta y ninguna de ellas saca conclusiones. Nadie quiere despejar la incógnita.

Puede que estemos en una época cinematográfica y cultural de búsqueda y de profundización de nuevos caminos que de ganas de dar respuestas.

P.D. Aún no conozco una película de estas características centrada en un hombre y no una mujer.

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