Diario de un viajero interespacial

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Un diario que se precie será aquel que lo cuente todo para que una vez releído pueda dar luces sobre unos acontecimientos. Es decir, que voy a soltar todos los spoiler que me apetezca. Ya ha pasado una semana desde el estreno de Interstellar y doy por hecho que ya hay casi dos millones de personas que la han visto. El otro millón y pico que falta por verla puede dejar de leer… si se atreve.

Lo mejor de Interstellar es esa sencuencia en la que Cooper deja su casa, familia y vida en la tierra para despegar en su cohete. Es una elípsis fascinante. Todo lo que significa despegar a planetas desconocidos está estrechamente unido a abandonar a su familia y no mirar atrás. Un perfecto resumen de la película. Ya debemos de llevar unos 45 minutos de película. El siguiente momento relevante no ocurrirá hasta la segunda hora de película cuando encuentren al Dr. Mann. Y por fín, un punto de giro: les (nos) han engañado durante toda la película al descubrir que nunca había marcha atrás, los humanos no sobrevivirán en la Tierra y no encontrarán modo de abandonarla. Bueno, quizá no del todo. Habría que acordarse de la elipsis que comentábamos en la que Cooper despegaba sin mirar atrás ¿con esperanza?

Matt Damon que interpreta a ese Dr. Mann me recordó mucho a Jason Bourne por su habilidad para mentir, por su mirada y por la pelea en las nubes eladas. Un auténtico agente secreto esta vez en versión cobarde. Por fín, en la película un sentimiento humano poco impostado. Hasta entonces parecía que solo habían sobrevivido héroes en el planeta gobernados por una burocrática administrativa que decide en qué trabaja cada uno. La cobardía y el instinto de supervivencia sería quizá uno de los sentimientos más genuinos de un hombre abandonado en el espacio helado. No digo que si se plantease la situación que supone Nolan en su película todos tendríamos que ser cobardes pero como primera respuesta sí que es cierto que el instinto de supervivencia sería de entender. El hombre justo, el héroe sería aquel que no se dejase llevar por la cobardía y convirtiese el instinto de supervivencia en pegamento para salvar a la gente.

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La siguiente escena digna de la película es ese momento de pura aventura, tensión y emoción en la que Cooper decide por sus huevos primero encajar su nave con la estación espacial (o lo que sea) y luego atravesar el agujero de gusano (o lo que sea) y salvar el mundo. Cooper, un granjero cascarrabias que tiene el trauma de haber perdido a su mujer (qué sería del cine, la humanidad y el arte sin las mujeres) convertido en cowboy espacial.

Luego llega ese clímax ridículo en la quinta, sexta u octava dimensión que no se sabe si por el poder el amor o porque los otros (o el superhombre evolucionado del futuro) han dispuesto las piezas para que la partida tenga sentido. Mil veces antes prefiero el lío de la peonza que no se sabe si cae o no.

Ni que decir tiene que a mí personalmente me pareció que la relación de Cooper con su hija pequeña parecía una escena escrita para un novio despidiéndose de su novia (¡cuánto amor, qué intensidad!). Pero, seguro que son percepciones mías. Aquí está la escena más parecida que he encontrado (ver desde el minuto 1,44)

No puedo con el poema puesto en boca de Michael Cane.

Pobre Nolan, se le ha subido a la cabeza.

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