Francia. Historias de amor de hoy y de ayer

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A veces contar historias de amor se convierte en contar melosidades inverosímiles. Otras tantas se convierte en una carrera por contar los lazos más difíciles de anudar como si el amor fuera algo que le ocurre a unos pocos. Es curioso porque supongo que no es un tópico decir que a las comedias románticas acuden parejas “románticas”. Yo no sé en qué medida se sentirán identificados con historias derivadas de príncipe-encuentra-a-princesa.

Alejémonos por un momento de las frases de películas que corren por Facebook y que tan bien suenan. Acerquémonos a la realidad. Sigámosla.

Igual de curioso me resulta que el género de la comedia se haya asociado con tanta facilidad al de las historias de amor. Tal vez el amor sea otro tipo de sufrimiento igual que la comedia, pues la comedia consiste en presentar la historia de un fracasado de tal manera que sus intentos por recuperarse produzcan un tipo de compasión que llame a la risa. A mí me hicieron reír por esto películas como Como Dios, Como la vida misma, Un funeral de muerte, Agosto o Nebraska. En fin, el amor, ese otro tipo de sufrir. La com-pasión es otro tipo de amor.

Pero yo hoy quería hablar de una historia sencilla, cotidiana, ordinaria, posible, factible, verosímil. Se llama Antoine y Colette: el amor a los veinte años. Es una película corta, sin florituras, de apenas 17 minutos. Con la espontaneidad de sus películas, François Truffaut presenta a un joven Antoine, un chico rebelde de los sesenta que ha dejado la casa paterna y se sostiene económicamente a sí mismo. Tiene un sueldo con el que vivir y disfruta de la música. Pero le gusta una chica que conoce en un concierto. La busca, habla con ella y un día la invita a salir. Ella acepta. Él incluso se muda a un piso enfrente de la casa de ella. Se hace habitual en su casa. Los padres de ella le aprecian. La regala un disco.

Pero, amigo, el amor es cosa de dos. No por mucho insistir el otro tiene que querer.

¿Es triste la historia? No lo sé. Eso dependerá de cada uno. Truffaut se esfuerza por no hacer ni una sola floritura. Solo quedan a la vista los sentimientos verdaderos. A Antoine le acompañamos por las calles de París y le miramos como a un posible amigo entre escenas limpias de una fotografía exhuberante o de un montaje empalagoso. La vida al trasparente.

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