El placer de adivinar

Las buenas historias no se abscriben a ninguna temática o género. Para mí son aquellas que deseamos volver a escuchar, que queremos que nos vuelvan a contar.  Habría dos situaciones en las que sabemos que estamos ante una de estas historias.

Los personajes son los embajadores de la historia. Con ellos experimentamos lo que ocurre. Pero no hay que pensar que son simples hojas informativas. Son más bien cajones que van desvelando su alma. Por eso una historia será más grande cuando con más sutileza nos enteremos de quienes son.

El territorio de la sutileza es resbaladizo, pero también apasionante. En él se encuentra el dialogo con el espectador, la confrontación de ideas. No me refiero a la plena ambigüedad engañosa, sino a que las historias que queríamos volver a escuchar tienen la inteligencia y la elegancia de sugerir y no imponer. Un segundo visionado de la película será la oportunidad de replantearse las cuestiones dudosas.

En fin, yo me quedo con las historias que me dan el placer de adivinar cuáles son sus verdaderas intenciones.

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